El yo y el
lenguaje
El poder de la palabra, como herramienta de la
mente. Una simple palabra, dispara un océano de sensaciones, sin lenguaje el
hombre quizás no habría podido lograr desarrollar y dar forma a la conquista de
la naturaleza del mundo material, en todo sus matices. La lógica racional del
hombre expresa una realidad concreta.
El poder se
manifiesta como símbolos codificados, tejiendo los sentidos de la realidad
observable. Ponemos significados, explicamos el mundo que inventamos,
necesariamente para no percibir, que
puede no ser como se nombra. El lenguaje siempre tiene una intencionalidad
direccionada a una coerción, a un orden
que estructure lo que no se puede entender.
Tenemos una
razón, la de amar, ésta es innata, propia de todos los seres, expresiones de
amor, por donde nos movamos, constante flujo del movimiento, agua, tierra,
vida, muerte. Secciones de un mismo continente.
Es un
lenguaje universal, sin estructuras de ideas, sin construcciones de realidades,
la historia es un proceso de fuerzas
expresadas en materialidad de lucha por el amor. La razón se debe convertir en
acción, en motivo para andar, transitar con todo lo que implica, sin necesidad
de clasificar, bueno, malo, éste sabe, aquel no, con dinero, sin dinero.
Convivir sin muros, despojados de la
construcción del ocultamiento por el miedo a la muerte, a lo desconocido, a lo
sublime. Por algo simple, un sencillo y
poderoso gusto de vivir, de ser, de no parecer, de no padecer. El motor de la vida
y la muerte es construido por lenguajes de un mundo concreto, material. El amor
encuentra lugar cuando somos y no actuamos, cuando nos inventamos, desordenando
una región cerebral, vencemos ese poder mental programado para el circo de la
vida. Regalarse, desprenderse del yo, el ego cuándo regula para él afuera, es
el juez oculto de cada acto.
En cada
movimiento separamos, aislamos, clasificamos, rotulamos, éste accionar es un
espejo donde no nos reconocemos. No hay persona en el mundo que no haya sentido
amor alguna vez, ya sea en sus opuestos, según el sentido de las palabras, pero
en su esencia los compuestos actúan y salen como misiles químicos, eléctricos
de nuestra mente, el odio no es opuesto, el odio es amor, es parte
constitutiva, hay que comprender que de tanto separar creemos que no somos
capaces de sentir y toda nuestra maquina mental
se aliena en un orden de satisfacción efímero, con intereses que no son
reales y fieles al ser.
El odio, el rencor, es el acto de amor más
notable del ser, la melancolía vive en una eterna agonía, en un perpetuo amor
al sufrimiento, por aquel amor que ha quedado en el más hondo rincón de su ser,
la aberración al amor por la eficacia del dulce recuerdo de sentirse amado. ¿Pero éste es el verdadero amor? El amor es aquel que se espera y es aquel que
vive, se siente como parte de mí , como parte de un todo, no es estático, es
dinámico, está aquí y allá, es vida, es
muerte y es todo al mismo tiempo pero no
en un tiempo calculable, racional, es un perpetuo transitar ondulante que va
modificando y contagiando un sentir sin mediadores como el lenguaje, sin nombres, un yo, un tú, un ellos, un todo, un único ser contenedor de un todo.